me acostaré con vos noche y día.
noches y días con vos.
me ensuciaré cogiendo con tu sombra.
te mostraré mi rabioso corazón..."
Juan Gelman
Te esperé desde antes de conocerte. Descubrí que te iba a querer hasta la médula aunque no sabía cuál sería el precio de besarte, tocarte y caray, beber el veneno conservado en el líquido de tu saliva, eso sí, sin pedir a cambio la cura de tu ausencia. Sin comparaciones, que no hay cabida para las esporas de los ornitorrincos ni la estúpida tendencia suicida del manatí.
Tiro porque me toca. Al primer mes te dije que siempre había sospechado que fuiste tú quien me inventó a su imagen y semejanza. Por supuesto que te asustaste: Nunca te pasó por la cabeza pensar que no eras tú quien tenías el poder con la pistola en mi sien, era yo quien la había puesto ahí tomándote de la mano y acosándote para que jalaras de una buena y puñetera vez el gatillo. ¡Qué lejos estaba de descubrir que apenas era el inicio y ya guardabas en la manga días y noches de tortura: El principio de mi placer.
Ya del segundo mes hasta el segundo año no lo cuento. Prefiero redactarlo como un compendio surrealista que me hizo inexistente. La verdad es que habiendo tantos ofrecimientos, todavía no entiendo cómo fui a venderme con quien no me quería ni regalada. Si vine aquí es porque sigue el asunto pendiente de una promesa hecha con sangre, con tinta sangre para ser más cursis. No la había olvidado, simplemente la archivé para no angustiarme hasta que ya la fecha de su cumplimiento estuviera machacándome entre la opción de avisarte que había sido consumada o seguir mi vida creyendo en que algunos juramentos nunca debieron haberse hecho. También lo pienso, pero sabes que haciendo a un lado mis estrógenos, soy un cabrón que no le queda más opción que acatar su bocaza, así sea a chingadazos.
Cronométricamente: fue un ocho de marzo, cuatro de la mañana, tocaste mi puerta y al verme pensaste: Ya valió madres. O eso me dijiste en uno de tus intentos inútiles para justificar la ingratitud que te sale tan naturalita. Yo en cambio sentí lástima ¿no te parece irónico? Pobre, apenas 34 años y morirá tan pronto. Hablamos y fui yo quien se aventó del precipicio pidiéndote, eso sí, por jugar y por puro orgullo, que tomaras mi mano tan sólo para saber qué tan bien conoceríamos nuestro destino. Nunca se me dio la clarividencia: De haber presentido la milésima parte de la inmolación, te hubiera echado de mi casa antes del amanecer. Siendo honesta, merecías el asesinato en defensa propia. Es muy probable que ya hubieras dañado la vida de mucha gente, pero tu muerte sería justificable con un algo es algo. Me disculpo con la humanidad, pero es que aún no tenía idea de hasta dónde sería capaz tu cuerpo, tu barba, tus ojos que armonizaban mis sentidos y contrasentidos, tus manos (las que tiraban y levantaban no a conciencia sino a complacencia). Y cómo no dejarme hacer, si eras específicamente lo que necesitaba: Un reto.
Así que corrí el riesgo y entonces la sorprendida fui yo, que sin esperar nada a cambio recibí la primera llamada, sonrisa inexplicable, correos al mayoreo, otelos inexplicables, enfados sin razón, en fin, el tango impronunciable que ya anunciaba su desgracia.
Dios, casi olvido las señales. Evidentemente creía y me aferraba a ellas por la misma razón que los muertos del ’68: porque era joven, ingenua e idiota. (¿Me creerías si te digo que ahora suena Sabina cantándole al Salmón –que yo más bien diría que cantándote a ti- Todavía una canción de amor? Chale: No acudas si te llamo de repente / no te pierdas si te grito piérdete. A menudo los labios más urgentes / no tienen prisa dos besos después. Se aferra el corazón a lo perdido /los ojos que no ven miran mejor. Que me sigo mordiendo noche y día / las uñas del rencor). Qué específico resulta Calamaro cuando se lo propone. Y mira que con nosotros se lo propuso muy seguido. Una noche antes de toparme con tu nefasta existencia hice una oración, de la que mucho me temo no llegó a los oídos correctos, donde suplicaba que llegara… Que llegaras. Por supuesto no para fastidiarme la vida con la algarabía que lo hiciste, sino para saber que no a cualquier cabrón le entregaría lo que era sólo para mi descubridor. Y que me descubres. Y que resultas ser no cualquier cabrón, sino uno de primer nivel: V.I.P.
Así fue como apareciste cada noche desde la primera noche, cuando la luna se ponía y me iluminaba el rostro en un viejo sofá. Cuando dijiste claro y por escrito que me veía hermosa. ¿Sabes la peor parte? En realidad me sentía hermosa. Desde luego, por primera y única vez en mi vida. Creo que te debo las únicas frases que me han hecho temblar: De qué sirve que seas hermosa si no lo crees, Tú no eres de este mundo, Si me dices que sí voy a besar el suelo que pisas y mejor no le seguimos, porque también tengo las que quisiera olvidar y no se dejan.
Ya para entonces había llegado el momento de abrir mis piernas y sentir tu lengua en morse suplicar que no lo salvaran de mi primer orgasmo sin penetración. Carajo, qué bien se sentía tu cara frotándose en mi inocencia. Porque puedes burlarte, pero te juro que hasta los 27 años conocí la maldad encarnada en la desgracia de tu lastimera vida. ¿Te convence el adjetivo maldad? A mí tampoco, pero ahí te van más: perversidad, execración, crueldad, vicio, abuso, vileza, ruindad, mezquindad, pecado, inequidad… Y seguiré investigando hasta dar con el adecuado.
Qué espanto ver cómo alguien se desdoblaba de mí y escribía como yo, o como yo hubiera querido. Que tenía los libros que yo tenía, o que hubiera querido tener. Que decía el primer verso alejandrino y yo le justificaba las cuartas. Que sabiendo que perdería, le encantaba la negociación. En resumen: Cuánta turbación provoca toparte con que el mito de la media naranja no es ningún mito. “Copulamos como leones africanos y fornicamos como deidades griegas” decías muerto de la risa mientras yo seguía poniéndome de a pechito para que me quisieras. Confieso sin pudores que hacer el amor era más que un acto de fe: Un viaje que me convertía en libélula hetérea y me desfragmentaba por toda la habitación hasta calmar mi ansiedad volátil y entonces me traías de vuelta con un beso. Es decir, tu sexo no era terrenal sino una abducción inevitable.
Entonces detuve mi búsqueda en tu cruz y en tu corona de espina y en tus castigos y en tu vinagre que me borró el año de mi viacrucis y me hizo empezar de cero menos una: yo. Sólo en ese momento comprendí que tres días para la resurrección podrían ser toda una eternidad.
¿Cómo no recordar las llamadas, las noches en que vagaba de aquí para allá esperando que pudiera morir ya del cuerpo, las madrugadas en que el piso no me parecía demasiado frío ni duro para llorar sin lágrimas, sino con toda la arena que esparciste en el desierto de mi cuerpo y de lo que alguna vez fue mi alma? Porque hay que decirlo, los únicos rastros de oasis eran las horas en las que los médicos me intoxicaban con tranquilizadores e inyecciones que me hacían dormir sin soñar. Aunque no me importaba: Para ese momento, los sueños ya no formarían parte de mí. La verdad es que todavía ignoro si la parte favorita que guardan mis memorias son aquellas que me remontan a los días donde el planeta era lindo-lindo, hermoso-hermoso, o cuando cada amanecer era más angustiante que convertir mi ojo izquierdo en un alfiletero. Lo único que no se quita es la extraña sensación de no haberte tenido lo suficiente ¿te parece demasiado lógico para evidenciar mi bipolaridad? Agárrate más fuerte: Todavía hay veces que te extraño. Pinche ingrato malamor.
¿Te conté alguna vez que la música era un elíxir para mi apaleado corazón? Y a pesar de que nunca supe cuál era nuestra canción, hay que reconocer que mi tino para encontrar canciones empalagosas es absoluto. Todo era escribir-te, pensar-te, escuchar-te, beber-te, absorber-te. O eso intentaba. O eso necesitaba. O eso era lo que creía que tú querías. En realidad pasé muchas noches (y cuando digo muchas es un aforismo) pensando en realidad por qué yo, por qué a mí, por qué te fuiste, de qué huiste, a quién culpaste, cómo pudiste. Hasta que el ánimo de seguirme flagelando se me agotó y entonces la respuesta me fue entregada con el valor de piedra filosofal: Se largó porque le dio su rechingada gana. A ver, ni modo que lo refutara. Me dieron mate.
(Aquí entre nos, llegaba cada noche el espíritu de Oceransky instalándose en plan torturador y aplicándome con manita de puerco Sigo amándote. Intentaba borrarlo, pero se iba él, llegaba Sabina y tropa. No había derecho)
¿Seguimos con la onda melómana? Pues de pronto en casa no se volvió a escuchar más armonía que el latir débil y quejumbroso de un descalabrado corazón. Quedó vetado el disco de bienvenida que tuviste a mal regalarme, igual que el de despedida que de cuates, jamás escuché completo (¿Para qué? Ya me habías dicho –y hecho- lo suficiente para saber que nuestra fábula ni fue nuestra ni tuvo fin. Cada vez que amanezco ruego porque una historia llegue y se instale sin enterarme que durante dos años tuve una vida que se escapó entre un sofá, la colonia Roma y una cama en el edificio México).
Ha pasado mucho tiempo. Muchas vidas. Los hombres en mi cama tienen cifra; en las lágrimas es donde la cuenta se atora. Mi llanto sólo tuvo punto de comparación con Nueva Orleans. Parafraseando a Paquita, la primera por despecho, la segunda por capricho y las otras ciento seis veces por placer. Pero no te molestes, bien sabes que ni Paquita ni yo somos de fiar, especialmente cuando las matemáticas se me han dado tan mal desde que se me olvidó contar las veces que argumenté tus pendejadas para no sentirme ni siquiera un poquito víctima. No sé si esté bien que te emociones, porque en realidad odiaría haberte visto y sin embargo era lo que pedía: Señor no dejes que nos veamos pero permite que nos encontremos. Cuando cumplí 30 años me compré por consejo de un amigo un cubo rubrick, porque así por fin comprendería que había algo más frustrante que tú. La de veces que pasé por tu oficina. El varo que gasté en taxis para poder ver si tu carro seguía estacionado a las once de la noche en alguna de las aceras. Cuando lo encontraba por fin suspiraba aliviada, pero de inmediato me entraban unas ganas indetenibles de apedrear los faros y grafitearlo. Qué quieres, era izquierdista a la hora de amar e inevitablemente anarquista cuando odiaba.
Detiene la búsqueda. Se baja del taxi y no sabe a ciencia cierta si todavía vivirá allí. Sabe en cambio que ya cambió el número telefónico, la cama, el champú. De común acuerdo entraba por el portón subida en un Tsuru color oro, atacada de la risa porque nadie sabía qué hacía con ese hombre que la trataba como una reina y la escondía como una enfermedad venérea. Pese a todo, o quizá gracias a todo, sabe que fue importante, que no la olvida, que muchas veces se preguntó, igual que ella, qué hubiera sucedido tan sólo si… Pero esa pregunta no tiene respuesta ni seis años después, ni muchos hombres dentro de su cama antes de haber llegado a la puerta de su edificio. Departamento 304, si no se equivoca. No, no era el de las ranas, de eso está convencida, ¿sería entonces el 314 o el 324?
Toca en su última opción de respuesta. O tal vez en el último acto de sadomasoquismo. Recuerda la escena de Betty Blue, donde busca a Zorg para sentirse protegida. Pero ella no tiene tal suerte: No lleva las dos maletas con sus únicas pertenencias, ni se siente resguardada con él. Sólo piensa en lo que un día le escribió, sin remitente: “Estás loca. Pero también eres la loca más linda que he conocido”. La luna reflejaba su rostro, mientras él, encima, desnudos, la miraba no como si fuera la mujer que no quería amar, sino como una aparición que se esfumaría en cuanto sus pies tocaran voluntariamente el piso, y entonces el alma –porque todavía tenía una- le rebotara hasta el infierno.
Ese fue el motivo principal por el que se decidió. Recordó la frase de Bob Dylan : Cuando no tienes nada, no hay nada que perder. Como Avemaría, la repitió hasta cuando llegó fuera de su departamento. Quiso tocar. Y entonces le vinieron a la mente los chistes tontos, la manera casi milimétrica como tendía la cama después de tres o cuatro veces de hacer el amor. De nada servía: se bañaban juntos y entonces sabían que era hora de volverla a destender a pesar de que el desayuno no estaba siquiera previsto. Recordó el miedo de tomarlo de la mano; nunca antes supuso que pudieran herirla con tanto fuego y pensó que eso, y no algo dulce, ni cursi, ni pacífico pudieran encerrar tanto amor como el dolor que le causaba tocarlo, desnudarlo, besarlo, intuirlo.
Los fines de semana que pasaban juntos no había lugar para las cosas terrenales. Sólo cabía Sabina, Benedetti, Antonio Gala, Betty Blue, El lado oscuro del corazón, besos sin cuenta y por supuesto, sentirse más juntos que nunca porque hacer el amor no era un acto de fe, sino de pasión malsana que los hacía soñar en que sí, que el mundo rodara, que el Papa muriera, que por fuera iniciara el Armagedón, pero qué más daba si a fin de cuentas dos cuerpos desnudos no entienden de más patria que el sudor, los líquidos, la turbulencia de un vientre que se convulsiona a voluntad, y sobre todo, la sensación de que, sin importar lo que viniera después, ellos procurarían hacer interminable la batalla que entre las sábanas se llevaba al cabo.
Sintió la madera de la puerta. La que la separaba de la realidad de encontrarlo o bien, del derrumbe de entender que quizá alguien más había alquilado el departamento y entonces, como la mujer de Lot, se daría la vuelta sin resistirse a voltear y todo el llanto la convertiría en estatua de sal. Una tarde, mientras ella lavaba los trastes del almuerzo, él se acercó sin previo aviso y tomó la esponja, la empapó con agua helada y frotó su cuerpo sin separarse. Había una ventana frente a ellos, pero era lo menos preocupante: Ya se encontraba mucho más allá de la humedad cuando sintió su erección indicándole que nuevamente sería suya, como cuando se besaban, se tomaban de la mano, se reían, se miraban o simplemente, se pensaban. Quizá estaba escrito que para comenzar a crear historias primero tendría que vivir una, tal vez para comprender que los protagonistas, inventados o no, sienten pero no presienten hasta qué cuartilla terminará su cuento de hadas.
Cerró los ojos. Estaba en su puerta. No quería –no debía- creer que él ya se había ido lejos. Tan lejos como ella se marchó primero en puñados de ilusiones que se evaporaron como están destinados los sueños o, tal vez, las alucinaciones. Porque ¿quién le aseguraba que tanto tiempo no sería un espejismo que había arrastrado con la convicción de que, pese a que fuera una mala pasada de su imaginación, significara que no tuviera cabida en la realidad?
No quiso pensar en lo malo. En las noches en vela, en las canciones de Oceransky, de Ornelas, de Abel Velázquez, de Calamaro. Ya de eso había escrito poco, llorado mucho y vivido lo suficiente. ¿Y si por fin entendía que no existen las casualidades, que las señales no indican nada más que puras intuiciones modificadas para justificar la necesidad de estar en lo correcto? Respiró hondo. Se despidió de Viridiana, el seudónimo que la sacó de las ganas de morir y la dejó en estado apenas respirable. Le dijo adiós a Azul Albanta, el personaje con el que contó –eso sí- muchas menos historias de las que vivió. Incluso abandonó su nombre verdadero. Y en calidad de Luna decidió tocar una, dos, tres golpes suaves al número 304 y rogar que aún tuviera la educación de no llamar a la policía. Sólo quería escucharlo. Verlo. No saber de su pasado sin ella, que ya bastante había imaginado en las noches aciagas con quién había cubierto el frío de la piel y de la soledad. Si estaba acompañado, se daría por satisfecha: Por fin alguien había logrado entenderlo y con un poco de suerte, amarlo como ella siempre quiso: con carta blanca y sin condicionantes. En cambio, si estaba solo, sabría que la guerra continuaría. Que seis años no había sido el fin de ella, sino apenas una tregua impuesta.
Espero menos de un minuto. Alguien, dentro del departamento, preguntó quién era. Su voz era inconfundible. No había previsto que le preguntaran su nombre, así que sólo atinó a decir, no por conciencia sino por puro reflejo “Betty Blue. Antes era Luna”.
La puerta se abrió.
Que sepas que no es fácil respirar
el aire que no estás
Pedro Guerra.
Ciudad de México, julio 2010.

